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 Reflexiones de Young, IV

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Elegance

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MensajeTema: Reflexiones de Young, IV   Vie Mayo 28, 2010 4:21 pm

Hay algunos que creen que estoy enamorado. Que me paseo por el campo y recojo florecillas, que me tumbo en la pradera a mirar las formas de las nubes. Creen que en cualquier momento me voy a poner a bailar y a cantar, que he cambiado el sombrero de copa por unas mallas y el bastón por una rosa roja. Mis amigos (por llamar de alguna forma a los conocidos que comparten mi entorno) dicen que no la trato como al resto, que la trato con respeto, que incluso la sonrío.
¿Enamorado? ¡Es absurdo! El amor no existe, es sólo miedo a la soledad. Cierto es que soporto a Jacqueline, que no me parece repulsiva ni desagradable, porque no pretende ser inteligente, ni pretende ser estúpida. Pero que la soporte o que no la odie no quiere decir que me atraiga.
Cuando la conocí, estaba yo explicando unos temas de clase a mis compañeros, muy consciente de que a pesar de mis esfuerzos no los entenderían. "Qué listo es", no paraba de repetir Jacqueline. Jacqueline reconoce mi inteligencia y reconoce su estupidez, lo cual la honra. En general no tiene ambiciones ni aspiraciones en la vida, y eso la hace una muy buena mujer, una perfecta madre, sin ningún tipo de inquietud intelectual ni motivacional, preparada para su función en la vida. Una mujer pacífica y sencilla, y amable, quizás. Y no podemos ignorar el hecho de que tengo ya 19 años, y en el siglo XIX debería estar ya casado y con algún que otro niño en camino.
En fin. Fue por aquel tiempo cuando me empecé a dar cuenta de que todos aquellos que eran felices, que se casaban y tenían hijos y al final estaban contentos con sus vidas, eran todos aquellos que se sometían estúpidamente al nihilismo, y se dejaban engañar por la moral de la época. La eficacia adaptativa de una especie depende además de su reproducción, y yo, como hombre superior que soy, debería tener una estirpe a la que educar y moldear a mi imagen y semejanza. Jacqueline tiene unas buenas caderas y parece capaz de soportar muchos partos, y eso es un hecho indiscutible.
Pero todo esto no son más que divagaciones estúpidas. Cuando el siglo XXI me gana el pulso, pienso que mi vida es un asco y que debería encontrarme con los demás y ser como ellos. Es en esos momentos cuando debo atiborrarme de anfetaminas para poder seguir trabajando, y menos mal que las tengo, porque si no no sé qué sería de mi vida. Mis queridas vitaminas pueden solucionar muchos problemas.
Fue precisamente una semana en la que tuve dificultad para conseguir anfetaminas la semana en la que más me desquicié. Las anfetaminas me permiten concentrarme, y no pensar en estupideces. Por eso, cuando me faltaron, decidí que tenía que llevar una vida normal de una vez por todas y que tenía que ser tonto como ellos, para ser feliz. Poco a poco, la semana se fue alargando, y aquello de integrarme en la sociedad se convirtió en un juego de lo más entretenido, y de lo más escalofriante. Me ocurrieron muchas cosas divertidas durante aquella época. Muchas cosas...

Fragmento externo a "La vida de Emmanuel Young", diseñado para la revista Plumilla.
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