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 De nuestra infancia

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Scratch

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MensajeTema: De nuestra infancia    Mar Ene 18, 2011 11:00 pm

Demasiado a menudo me pregunto en qué momento nos hicimos mayores; cuándo se nos quedó pequeña la inocencia. Hace sólo cinco años todavía éramos unos críos que aguardaban al futuro tumbados los cuatro en el tejado de la caseta de piedra que había entre el maizal, muy cerca de la Casa Parres. Esperábamos a que se encendieran los aspersores para ir hasta allí en bicicleta y poder cambiarnos luego lo puesto por la ropa vieja del armario de la abuela. Lo que nos reímos cuando mi hermano se paseó todo el día con uno de esos modelitos y hasta se bañó con él, hecho un esperpento de pantalón y gorro a juego. O cuando cada verano intentábamos construir una casa de madera con cuatro tablas y un puñado de clavos, y llegó un día que ya lo hacíamos por reírnos de nosotros mismos y pasar la tarde hasta la hora de la merienda. En uno de esos días les cogí pánico a las arañas y, fijaos, eso aún lo conservo.

Y qué tiempos esos otros cuando nos encontrábamos en la Feria y montábamos con mi madre en aquella atracción que, decía, era donde solía subir ella con mi padre cuando eran novios. O cuando nos llevaba a la playa a todos, y las chicas íbamos por ahí a insinuarnos a algún extranjero, chapurreándole algo en cualquier idioma sin intención de pararnos a averiguar si el chaval respondía o no, mientras los chicos pensaban cangrejos en las rocas. En una de esas ocasiones, estando solos mi hermano, mi madre y yo, pescó ella un pulpo en una cala, y, yendo en el coche, yo me asusté de ver que el bicho se salía del cubo y se me agarraba a las piernas.

Luego llegaron los cambios. Crecimos sin darnos cuenta que el tiempo también pasaba sobre nosotros y que ahora no sólo la mayor se ponía falda. Ya no cupimos todos en el coche.

Tuvo que morir mi abuelo para darme cuenta de lo que habíamos cambiado todos, aunque he de decir que ya de antes lo había intuido. Recuerdo ver a la abuela, sollozando en desconsuelo aquello de “adiós, Francisco” mientras sellaban el nicho, y pensé, no sin dolerme, que al menos habían tenido la fortuna de llegar a viejos juntos. Cuántas veces me habré acordado de los domingos de fútbol, cuando los abuelos sacaban a la puerta unas cuantas sillas, y nos sentábamos allí, a escuchar qué hablaban de nosotros, los pequeños, hasta que empezaba el partido y el descampado se llenaba de coches. Y mientras algunos iban al campo a ver cómo ganaba el alba, nosotras jugábamos a los espías en aquel aparcamiento improvisado en el que ya no crecían ni rastrojos, o íbamos con la abuela al circo que ponían allí al lado, porque siempre conseguía que le regalasen alguna entrada para nosotras.

Y ahora míranos, a todos; ya no somos lo que fuimos. Cuando crecemos no conservamos ni un tercio de valentía de la que disfrutábamos cuando éramos niños. ¡Yo, mi yo de antes, tener miedo a las arañas, la oscuridad o la muerte! ¡Já! Las arañas no eran nada que no pudieras quitarte de encima a golpe de manotazo o pisotón; la oscuridad se podía alumbrar con tan sólo pulsar un interruptor o subir una persiana; y la muerte… ningún niño puede temerla por no ser consciente de ella.

Al mirarme ayer en es espejo tuve la sensación de que llevaba nueve años sin hacerlo. Nunca me paré a pensar el desasosiego que le produce a uno no reconocer nada de lo que recordaba en sus ojos. Fue como si todo hubiese sido un soplo, una brisa que te envejeciera el entusiasmo, un vendaval que te quitara las muñecas de las manos.
Nada podemos hacer por recuperar el minuto que se ha ido; tan sólo eso: consumirlo, no soñarlo, no anhelarlo, que cuando nos demos cuenta será mañana, y todo lo que fue hoy no será sino recuerdo.
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Imanol
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MensajeTema: Re: De nuestra infancia    Miér Ene 19, 2011 1:07 am

Joder, simplemente me he quedado tonto, viendo pasar recuerdos como en un efecto túnel. Me he quedado mirando la pantalla atónito, varios segundos después de acabar de leer, para decir inconsciente, sólo por instinto: ¡Bravo!
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